¿Estoy en riesgo de burnout?
Aunque un diagnóstico solo puede ser realizado por un médico o psicólogo, existen advertencias sobre el riesgo de burnout. Más allá de la fatiga o la irritabilidad, podemos identificar otros indicadores de un nivel peligroso de agotamiento. Ver estas alarmas a tiempo puede evitar que nos estrellemos contra un muro.
Se empezó a hablar de burnout en los años 70, en que un
investigador alemán agrupó ciertos síntomas y signos en un "síndrome
de agotamiento". Este fenómeno, identificado inicialmente en el mundo
laboral, se observó posteriormente también en el ámbito familiar y conyugal.
Sin embargo, hoy en día, este fenónmeno sigue siendo bastante desconocido. A
menudo es la persona afectada quien subestima su gravedad y, en ocasiones, es desacreditada por
profesionales médicos y administrativos. Sin embargo, el número de bajas por
enfermedad por burnout está aumentando cada vez más. Desgraciadamente, en
el peor de los casos, el problema se perpetúa sin resolverse.
Por eso es importante distinguir las advertencias al burnout, sean
evidentes o no, antes de que no sea demasiado tarde.
El fatídico camino hacia el agotamiento
Lo que comienza como una emoción saludable ante un nuevo
desafío profesional o personal, puede derivar rápidamente en el agotamiento, si
no tenemos cuidado. De hecho, la efervescencia que acompaña los nuevos
proyectos es algo manejable a corto plazo. El organismo humano está
preparado para adaptarse a una demanda puntual de mayor energía. El problema
comienza cuando esta emoción o estado de alerta dura mucho tiempo. Una
jerarquía constantemente exigente, o un niño con necesidades especiales, puede llevar
a un agotamiento progresivo de nuestras reservas energéticas. Esto es lo que
conocemos como una fase de resistencia.
Aquí es donde empiezan a aparecer los signos de riesgo de
agotamiento y debemos tener cuidado. Si los ignoramos, podemos entrar en la
fase de burnin, que precede al colapso o burnout o en sí.
Identificar signos clave
La lista puede ser larga y variar de una persona a otra.
Pero hay signos y síntomas característicos de este burn-in, en la antesala del declive, aquí van algunos de ellos:
- Trastornos
del sueño: dificultad para conciliar el sueño, despertarse por la noche o
sueño no reparador. El descanso suele verse afectado por el estrés, y
esto contribuye, al mismo tiempo, a agotarnos;
- Caída
en el sistema inmunitario: cada vez nos encontramos más a menudo de baja
por enfermedad o sufrimos en silencio. Resfriados, gastroenteritis o
infecciones, nuestras defensas ya no aguantan o nuestro cuerpo busca
excusas para poder descansar;
- Dolor
muscular y articular: la espalda, el trapecio y los músculos cervicales somatizan mucho bajo la carga psicológica del trabajo o las
responsabilidades. Los malos hábitos posturales y la falta de ejercicio
aumentan el problema;
- Dolores
de cabeza: hoy en día el estrés es un fenómeno social y emocional, más
que físico, por lo que la mente está en el centro del problema. La
rumiación excesiva asociada a la hipertensión causada por la
sobreproducción de cortisol puede provocar dolores de cabeza;
- Fatiga: una vez pasado el pico de energía de la fase de alerta, nuestra
vitalidad se ve afectada a medida que nuestras reservas empiezan a
agotarse. Se instala una astenia, que no se alivia con el sueño;
- Antojo permanente de dulces: debido a este cansancio, buscamos fuentes de
energía rápida, siendo los dulces la solución más sencilla;
- Capacidades
cognitivas reducidas: falta de concentración, pérdida de memoria o pensamientos parasitarios, también caracterizan esta
fase;
- Pérdida
progresiva de motivación: cuestionamos nuestro trabajo y nuestras
decisiones vitales, cuando anteriormente nos entusiasmaban.
¿Soy candidata/o al burnout?
Hace unos meses, dediqué un artículo a la Coping o perfil de respuesta al estrés. En
él, exploramos las diferentes actitudes ante el peligro (agresiva, proactiva,
emocional, pasiva o evasiva), que determinan cómo nos adaptamos en tiempos
difíciles. Hemos visto que algunas personas son naturalmente (o por
aprendizaje) más capaces que otras de "aguantar".
A menudo se cree que las personas
"débiles" son más vulnerables al agotamiento. Sin embargo, la
evidencia nos muestra que son quienes más se involucran en sus ocupaciones los que acaban
"quemándose". Precisamente porque están haciendo demasiado. De
hecho, ciertos rasgos de personalidad suelen ser factores de riesgo para el
agotamiento profesional o personal. El perfeccionismo está en lo más alto de
esta lista. Por eso, a menudo son las personas que se encuentran en posiciones
de fuerte competencia (comercio), responsabilidad o intensa interacción humana,
quienes tienen más probabilidades de encontrarse al límite.
A pesar de todo, lo que realmente es decisivo es una
considerable falta de autoestima, que se traduce en una necesidad constante de
demostrar el propio valor, y una fuerte sensación de culpa ante los conflictos.
¿Entonces una vez en burnout, siempre en burnout? Desde luego
que no, porque no existe una regla de oro para determinar el riesgo de
agotamiento, ya que esto es esencialmente multifactorial y no depende
únicamente de nuestra personalidad. Hay un entorno que entra en juego.
¿Cuáles son los desencadenantes?
El agotamiento suele asociarse a una sobrecarga de trabajo o
responsabilidades. De hecho, la sobreactividad es una parte esencial del
problema. De manera similar, la sobrecarga mental (demasiadas cosas para
organizar) contribuye al agotamiento, incluso si no llegamos a manifestar nada.
Sin embargo, hace unos meses lancé una encuesta sobre este
tema en las redes sociales. El objetivo era conocer los principales factores
del malestar en juego. Me sorprendió ver que lo que más votos obtuvo fue la falta de
reconocimiento, más que la sobrecarga de trabajo.
Otro factor clásico que nos empuja al burnout es el
aislamiento. La presión de quienes nos rodean (familiares o profesionales)
puede llevarnos a encerrarnos en nosotros mismos. Además, el orgullo mal
entendido o la falta de autoestima pueden impedirnos pedir ayuda. Así que, si
nos encontramos sufriendo este malestar en soledad, deberíamos questionarnos.
¿Cómo saberlo?
Podemos parar a pensar en todos estos elementos, pero no
existe una "check list" de factores de riesgo para el
burnout. De hecho, lo que puede ser estresante para una persona, puede no
serlo en absoluto para otra. Una prueba sobre el perfil de Coping puede ayudar a anticipar los desequilibrios
según nuestra personalidad.
Sin embargo, existen señales objetivas, como los niveles
hormonales. Ya os hablé también de
las pruebas DNS (dopamina, noradrenalina y serotonina), que
revelan niveles de estrés. Estas pueden revelar que ocurre a
nivel químico en nuestro cuerpo.
Sin embargo, los resultados de este tipo de prueba solo son
válidos con fines informativos. No podemos hacer valoración definitiva basándonos en
la información que obtenemos, pues estos datos se suman a otros
síntomas y síntomas que se hayan detectado.
En cualquier caso, os aconsejo que escuchéis a vuestro cuerpo y a
vuestras emociones. ¿Me duele algo? ¿He perdido vitalidad?
¿Me motiva todavía mi trabajo? ¿Estoy durmiendo bien? ¿Puedo divertirme? ¿Tiene
algún sentido lo que hago? Puede parecer obvio, pero la pérdida de conexión con
nuestro cuerpo y nuestras emociones es típica del burn-in.
Por último, todo esto puede aportarnos suficiente evidencia
para decidir valorar nuestros hábitos y actitudes. En casos preocupantes, os aconsejo encarecidamente que consultes con un médico.
Fuentes

Comentarios