Dulces fiestas (artículo de Diciembre para Àrea Besòs)
Una vez más, tal y como vemos acercarse la sombra de Papá Noel por detrás del árbol, se llenan las estanterías de los supermercados de turrones, mazapanes, barquillos y productos azucarados en diferentes guisas. Y por más comprometidos con nuestra salud, quien más o quien menos caeremos en la tentación de llevarnos a la boca una o muchas de estas delicias, conla conciencia calmada por el pretexto de la Navidad.
Lo cierto es que a nadie se le puede reprochar esta debilidad por el dulce, particularmente en estas fechas, pero vale la pena recordar, sin ánimo de agriarle la fiesta a nadie, que estos aparentemente inocentes productos (sino, no se los daríamos a los niños), cuando consumidos en exceso entrañan una serie de riesgos evidentes algunos, otros no tanto.
Efectivamente, es por todos conocida la vinculación del azúcar con la diabetes, con la obesidad o con las caries. Sin embargo no es tanto del dominio público la estrecha relación existente, y demostrada cinetíficamente, entre el consumo habitual de golosinas y la hiperactividad infantil, o entre una dieta rica en carbohidratos simples refinados, como son las harinas blancas y el azúcar, y la osteoporosis. Y sobretodo, el efecto como supresor de la inmunidad potenciando todos esos resfriados y bronquitis que experimentan nuestros niños una y otra vez, y que nos dejan preguntándonos porqué moquean todo el invierno, mientras que les servimos otro tazón de leche con chocolate "lleno de vitaminas". Por no mencionar el potencial adictivo del azúcar, puesto que nos proporciona un "subidón" de energía rápida, que cuando vamos de bajada, nos pide más, haciéndonos entrar en un círculo vicioso.
El hecho de que esta sustancia no tenga la mala reputación que merce, responde probablemente a motivos históricos de orden económico, puestoq ue desde la Edad Media ha constituído un comercio importante, difundiéndose su consumo a medida que se desarrollaban métodos de produccón masiva. Así, pasó de ser una excentricidad de María Antonieta, a la golosina común de cualquier hijo de vecino. Y una vez instaurado en nuestra dieta, no ha habido quien arrebate al azúcar su discreto pero omnipresente papel como endulzante e ingrediente insospechado de muchos alimentos procesados, como por ejemplo el pan común.
Por todo ello, conviene tomar consciencia del precio que conlleva esta sustancia para nuestra salud y reservar el consumo de turrones y otras frivolidades, a esos momentos lave de las fiestas en que podemos hacer buen uso de la euforia que nos proporcionan, es decir, cuando los villancicos o los chistes de nuestro cuñado nos han agotado la paciencia, en la cena del veinticuatro. Así quizás podamos cantar villancicos con nuestro cuñado, y librarnos del pinchazo diario de insulina en el ocaso de nuestras vidas. ¡FELICES FIESTAS!
Foto: Image de freepik

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